Cristina rivera garza lleva los feminicidios al barro del colegio nacional

Esta historia comienza en los almacenes del Humboldt Forum, en Berlín, en 2024. La escritora Cristina Rivera Garza y el artista Saúl Hernández habían recibido un encargo: elegir un objeto al que devolver la historia para, así, poder revertirla. Durante cuatro días recorrieron unos edificios atestados del “pillaje del colonialismo alemán”. Buscaron entre miles de rastros pasados; decenas de jades apilados “como cadáveres”, también kachinas rodeadas de maíz, capas hechas de piel y plumas verdosas. Ellos escogieron un objeto pequeño, para la palma de una niña, sencillo pero filoso, hecho de hueso: un cuchillo historia, llamado storyknife en inglés y yaaruin en yupik, la herramienta que usaban las niñas en la costa de Alaska para contar lo que les había sucedido. Ellas escribían sobre la nieve o en la tierra mojada del cauce de un río, pero para seguir contando debían seguir borrando. “Se parece tanto a lo que uno hace: uno escribe pero no sabe cuándo se va a borrar”, explica Rivera Garza a este periódico: “De inmediato lo conecté con cómo contamos historias de violencia de género, especialmente de feminicidio. Estas son acalladas, es decir, son borradas, y nosotras insistimos, las volvemos a decir y las vuelven a borrar”.

El yaaruin: una metáfora de resistencia

El cuchillo historia, el yaaruin, no es solo un objeto. Es un símbolo poderoso de la persistencia de la narrativa frente al olvido. Su ciclo de escritura y borrado sobre la nieve o la tierra, para luego reescribir, encapsula la lucha incansable de quienes buscan visibilizar las historias de feminicidio. En un contexto donde la violencia de género a menudo es minimizada, desestimada o directamente borrada del discurso público y de la memoria colectiva, la elección de este objeto por parte de Cristina Rivera Garza resuena con una verdad brutal y necesaria. Es un acto de rebeldía narrativa, una invitación a entender que el silencio no puede ser el destino final de estas historias. Cada feminicidio es un borrado, un intento de silenciar una vida y una historia, y cada vez que se insiste en contarlo, en nombrarlo, se está blandiendo un yaaruin contra el olvido. La escritora nos recuerda que la memoria es un acto activo, que requiere constancia y que, incluso cuando la huella parece desvanecerse, la verdad debe ser reescrita una y otra vez.

Cristina rivera garza: la voz que se niega a borrar

Cristina Rivera Garza no es ajena a la violencia y al dolor que busca desentrañar. Su obra, reconocida por su profundidad y experimentación, está profundamente marcada por la experiencia personal. Su hermana, Liliana Rivera Garza, fue víctima de feminicidio en 1990. Este trauma personal no solo ha sido un motor en su vida, sino que se ha transformado en una de las expresiones más conmovedoras y urgentes de su literatura, plasmada magistralmente en su libro «El invencible verano de Liliana». En esta obra, la autora no solo reconstruye la vida de su hermana, sino que también denuncia la impunidad y la cultura de silencio que permitieron y perpetuaron este crimen. Su voz se ha convertido en un faro para otras familias que buscan justicia y memoria. Llevar esta experiencia, esta lucha personal y colectiva, al escenario de El Colegio Nacional no es un simple acto académico; es un grito, una exigencia de atención y una declaración de que hay historias que, por más que intenten ser borradas, se negarán a desaparecer.

El colegio nacional: un espacio para el barro de la realidad

El Colegio Nacional, institución que agrupa a las mentes más brillantes de México en diversas disciplinas, es un espacio de honor y alta intelectualidad. Llevar el tema de los feminicidios a su «barro» implica aterrizar una realidad cruda y dolorosa en un recinto que, aunque prestigioso, a veces puede parecer distante de la calle, del dolor cotidiano. La elección de la palabra «barro» es intencionada: remite a lo fundamental, a la tierra, a lo que se moldea y, a la vez, a lo que mancha, a lo que es difícil de limpiar. Es un llamado a que la academia y la cultura, desde sus cimientos más sólidos, no solo reflexionen sobre la violencia de género, sino que se vean interpeladas por ella de manera visceral. Al hacerlo, Rivera Garza no solo eleva la discusión, sino que la ancla en la urgencia de la realidad mexicana, donde los feminicidios son una epidemia que requiere respuestas desde todos los frentes, incluyendo el cultural y el del pensamiento crítico. Es una invitación a que este espacio institucional se convierta en un catalizador para la conciencia y la acción ciudadana.

El eco de las historias no borradas

La iniciativa de Cristina Rivera Garza no es solo un acto simbólico; es una estrategia vital para combatir la impunidad y la amnesia social que rodea los feminicidios. Al insistir en contar estas historias, la autora nos insta a reconocer la humanidad de cada víctima, a reconstruir sus vidas más allá de las estadísticas, y a nombrar a sus agresores y a los sistemas que los protegen. Su trabajo, al igual que el cuchillo historia, busca sembrar semillas de memoria y justicia en un terreno que, a menudo, parece estéril. Este enfoque constructivo y comprometido nos recuerda que el arte y la literatura tienen un poder transformador: el de provocar el diálogo, el de movilizar conciencias y el de fortalecer el sentido de comunidad en la lucha contra la violencia. Al llevar los feminicidios al Colegio Nacional, Cristina Rivera Garza no solo nos confronta con una realidad dolorosa, sino que nos dota de una herramienta, un yaaruin, para seguir contando, para seguir borrando el olvido y para insistir en un futuro donde estas historias, lejos de ser borradas, inspiren un cambio profundo y duradero en nuestra sociedad.

Fuente:https://elpais.com/mexico/2025-11-03/cristina-rivera-garza-lleva-los-feminicidios-al-barro-del-colegio-nacional.html