Último día para ver la catrina monumental en el zócalo
Hoy es la última oportunidad para quienes quieran acercarse a la catrina gigante que, durante semanas, se instaló en el corazón de la Ciudad de México y se convirtió en uno de los principales atractivos de las celebraciones de Día de Muertos. La figura, de varios metros de altura, atrajo a miles de personas y obligó a reconfigurar la vida cotidiana del centro histórico.
Según comunicados de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y reportes de La Jornada, la instalación buscó reivindicar el papel de las ofrendas y la tradición en un contexto urbano que cada vez reserva menos espacios públicos para la memoria colectiva. La catrina funcionó como imán cultural, pero también como prueba de tensión entre espectáculo y gestión urbana.
En el plano positivo, comerciantes del corredor del Zócalo reportaron una reactivación comercial. Vendedores ambulantes y pequeños negocios vieron un aumento en la afluencia, una bocanada de aire tras años de contracción económica. Para muchos visitantes, la monumentalidad de la pieza ofreció una experiencia simbólica potente, una especie de altar público donde tomar fotos y reconectar con la tradición.
Sin embargo, la intervención no estuvo exenta de críticas. Vecinos y organizaciones ciudadanas señalararon problemas de logística: cierres de calles, aglomeraciones sin recorridos claros y dificultades para el acceso a servicios. La Secretaría de Cultura informó medidas de seguridad, pero algunos ciudadanos consultados por La Jornada dijeron que la coordinación con autoridades de movilidad y con comercios locales fue insuficiente.
También surge la discusión sobre el uso de recursos públicos. Instalar y desmontar una escultura de este tamaño implica costos no siempre transparentes. Desde una perspectiva de política cultural, el debate es legítimo: ¿se prioriza una pieza icónica en el zócalo o sería más democrático repartir iniciativas culturales por la ciudad, beneficiando barrios con menos oferta artística?
La experiencia deja lecciones prácticas. Si la intención es que eventos de gran escala beneficien a la mayoría, se requieren protocolos claros de movilidad, consultas previas con comerciantes y vecinos, y rendición de cuentas sobre gastos. La Secretaría de Cultura y la Secretaría de Movilidad tienen la responsabilidad de hacer públicos los montos y los criterios de adjudicación, como exige la sociedad.
Hoy, quienes aún no la vieron pueden acercarse con la precaución habitual: prever tiempos, usar rutas alternativas y respetar las indicaciones de seguridad. Para los responsables de la ciudad, la demanda es otra: convertir el impulso turístico en políticas culturales sostenibles, no en un espectáculo puntual que deja más preguntas que respuestas.
La catrina se llevará el brillo del Zócalo por ahora, pero la discusión sobre cómo y para quién se usan los espacios públicos apenas comienza. Como apuntó La Jornada en sus notas sobre el tema, el reto es transformar la anécdota en políticas que realmente reparen el tejido cultural urbano.

