Oaxaca en riesgo: la ocupación silenciosa que puede cambiarlo todo

Hay silencios que cuestan más que cualquier declaración. Durante meses el gobierno estatal prefirió mirar hacia otro lado mientras el crimen organizado se acomodaba, poco a poco, en los pasillos del poder municipal. Hoy, esa comodidad se acabó de golpe.

Los últimos meses han mostrado un patrón que preocupa a habitantes y a organizaciones civiles: el avance paulatino de grupos delictivos en ámbitos locales y la captura de espacios públicos que antes funcionaban como servicios básicos. Reportes de la Fiscalía General de la República y datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) coinciden en que, aunque no es un fenómeno homogéneo en todo el estado, varios municipios presentan aumentos en delitos de alto impacto y señales claras de infiltración en la administración municipal.

Vecinos consultados en comunidades de la Mixteca y el Istmo describen cambios cotidianos: obras que se detienen, policías municipales que ya no responden, y decisiones de cabildo que parecen obedecer más a intereses privados que al interés público. «Antes la plaza era de los niños; ahora hay gente que no es de aquí decidiendo quién puede trabajar», dice una vecina de Juchitán, que pide mantener su identidad por seguridad.

La presencia de la Guardia Nacional y operativos federales en algunas demarcaciones comprueba que la crisis ya no es solo local. Sin embargo, la intervención federal llega tarde para muchos. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y organizaciones como Animal Político han denunciado que las medidas de seguridad, cuando se aplican, no siempre van acompañadas de estrategias de reconstrucción institucional: auditorías, capacitación policial, y garantías para la participación ciudadana.

El costo social es evidente. Servicios básicos —recolección de basura, alumbrado, mercados— se deterioran y la economía local sufre. Pequeños comerciantes y productores agrícolas enfrentan extorsiones y pérdida de rutas seguras para comercializar sus productos. Datos económicos regionales citados por La Jornada muestran ya caídas en inversión local en zonas con mayor inseguridad.

La responsabilidad es múltiple. El gobierno estatal tuvo oportunidades para supervisar y depurar administraciones municipales; la federación tiene instrumentos para fortalecer capacidades; y los partidos políticos deben revisar candados internos que permiten impunidad. No es creíble que todos los culpables sean actores externos: en varios casos, omisiones, tolerancias y pactos locales permitieron que el problema creciera.

Hay señales de reacción constructiva. Iniciativas ciudadanas, colectivos de defensa de derechos humanos y organizaciones anticorrupción han impulsado auditorías ciudadanas y denuncias públicas. Propuestas claras incluyen: mayor fiscalización financiera a los ayuntamientos, profesionalización de las policías municipales con evaluación de confianza, programas de desarrollo económico alternativo y protección para testigos y periodistas. Estas medidas aparecen en diagnósticos de la Fiscalía y recomendaciones de la CNDH.

El futuro de Oaxaca no se juega solo en operativos policiacos. Se decide en la reconstrucción de instituciones locales, en la transparencia del gasto público y en la recuperación del espacio público por parte de la gente. Si la respuesta es sólo militarizar, se corre el riesgo de perpetuar la violencia; si hay inversión social, justicia y vigilancia ciudadana, hay una vía para recuperar municipios.

Como recomienda el análisis reciente de organismos civiles y medios nacionales, la salida requiere corresponsabilidad: ciudadanos organizados, gobiernos atentos y contrapesos independientes. Oaxaca merece más que parches: necesita políticas públicas con perspectiva social y mecanismos de rendición de cuentas que realmente funcionen.

Con información e imágenes de: Heraldodemexico.com.mx