Desaparecidos: méxico frente al espejo, autoridades rebasadas o cómplices

El informe del Comité contra la Desaparición Forzada (CED) de la ONU califica las desapariciones en México como un delito de lesa humanidad, denuncia prácticas generalizadas y pide remitir la crisis a la Asamblea General. El Gobierno de Claudia Sheinbaum rechaza la medida y culpa al crimen organizado. Entre medias quedan más de 133.000 personas desaparecidas, familias que buscan en el barro y un Estado que, según el informe, permite que el horror siga ocurriendo.

La acusación es certera y cruel: cuando miles de casos se repiten a lo largo y ancho del país, y cuando investigaciones claudican, la línea entre negligencia y complicidad se vuelve difusa. El CED señaló que las desapariciones ocurren de forma generalizada y sistemática, y documentó tanto casos históricos como episodios más recientes que involucran a autoridades locales, estatales e incluso federales, en forma de acción directa, protección o aquiescencia.

El Gobierno sostiene que el problema es del crimen organizado y que los datos del Comité se basaron en casos puntuales y en periodos anteriores a 2018. Sin embargo, los números oficiales —como los del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO)— y las denuncias de colectivos de búsqueda contradicen esa lectura: el fenómeno no es estacional ni aislado, es estructural.

Qué falla en el sistema

  • Capacidad forense insuficiente: escasean peritos, laboratorios y protocolos estandarizados; miles de restos esperan identificación.
  • Impunidad endémica: investigaciones que no avanzan, carpetas cerradas sin responsables, fiscales desbordados o acomodados.
  • Fragmentación institucional: discrepancias entre fiscalías estatales, municipalidades y la Fiscalía General de la República (FGR) que paralizan búsquedas y denuncias.
  • Corrupción y colusión: denuncias de protección explícita a redes criminales y de infiltración en cuerpos policiales.
  • Falta de recursos para las familias: colectivos como las Madres Buscadoras han llenado con su trabajo la ausencia del Estado, arriesgando la vida en búsquedas de fosas clandestinas.

Las cifras son contundentes: más de 133.000 personas reportadas como desaparecidas y no localizadas. Estados como Jalisco, Tamaulipas, Veracruz y Nuevo León concentran miles de casos, pero la crisis alcanza a casi todo el territorio. Para las familias, la burocracia es otro tipo de tormento: registros incompletos, exhumaciones mal hechas, canales de información cerrados.

Lo que pide la ONU y lo que exige la sociedad

Actor Demanda principal
Comité contra la Desaparición Forzada (CED) Remitir la crisis a la Asamblea General por carácter de delito de lesa humanidad; investigaciones independientes y reparación integral a víctimas.
Gobierno federal Insiste en responsabilidad del crimen organizado; destaca acciones institucionales y rechaza juicio internacional.
Colectivos y organizaciones de derechos humanos Exigen búsqueda efectiva, transparencia, mayor capacidad forense y juicio a autoridades corruptas.

Historias que explican la emergencia

Detrás de los datos hay hogares convertidos en trincheras. Madres que recorren fosas, familias que esperan una llamada, jóvenes que salen y no regresan. Esos relatos, repetidos miles de veces, fueron la base de la denuncia internacional: no es solo un número, es un patrón de abandono y, a veces, de protección institucional.

Qué se puede hacer ahora

  • Implementar de inmediato las recomendaciones del CED y permitir auditorías internacionales e independientes.
  • Fortalecer la capacidad forense: más peritos, laboratorios acreditados y protocolos homologados.
  • Crear unidades independientes de investigación con protección contra la interferencia política.
  • Financiar y coordinar búsquedas nacionales con participación de colectivos y comunidades.
  • Atender a las familias: reparación integral, acceso a información y apoyo psicológico y legal.

El país está ante una prueba de verdad: reconocer el tamaño y las causas del desastre, o seguir etiquetando el problema como un mal de otros. La decisión de la ONU y la respuesta del Gobierno dejaron al descubierto una grieta que ya no se puede ocultar con cifras parciales ni con discursos que delegan toda responsabilidad al crimen organizado.

Conclusión

Si México quiere salir del atolladero necesita algo más que declaraciones: reformas estructurales, transparencia real y justicia tangible. Sin ello, las desapariciones seguirán siendo una herida abierta que reclama no solo memoria, sino acción. ¿Estará el Estado a la altura o permanecerá, una vez más, rebasado por la historia?

Con información e imágenes de: elpais.com