Tsotsiles alzan un catálogo para blindar sus tejidos frente a la apropiación comercial
San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Las artesanas maya tsotsil han dado un paso político y cultural: han recuperado nombres, significados y elementos de su iconografía textil y plasmaron ese trabajo en un catálogo que documenta 208 iconografías, elaborado desde la cosmovisión de las mujeres. El objetivo es claro y urgente: frenar a marcas que reproducen y mercantilizan sus tejidos sin permiso ni reconocimiento.
Según el propio catálogo y testimonios recogidos por el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, el documento no solo registra dibujos y técnicas, sino que explica el trasfondo simbólico de cada pieza. Para las tejedoras, esas imágenes son memoria viva, códigos de identidad y formas de contar la historia de sus comunidades. Cuando una prenda aparece en una vitrina de tienda sin que ellas lo sepan, se rompe un hilo más que textil: se rompe la relación entre la artesanía y su sentido social.
El problema no es nuevo. En la era del fast fashion y del marketing global, ha proliferado la copia directa de motivos indígenas que luego se venden como moda exótica. Las pérdidas son dobles: económicas, porque se diluye el mercado para las artesanas; culturales, porque se vacía de significado un saber que es colectivo. Las tejedoras tsotsiles denuncian que muchas veces la respuesta institucional es lenta o insuficiente.
En México, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) puede proteger signos y marcas, pero la legislación sobre el patrimonio cultural inmaterial y los conocimientos tradicionales sigue siendo difícil de aplicar frente a empresas con capacidad legal y recursos. Por eso el catálogo se propone también como herramienta jurídica y de incidencia: sirviendo como prueba documental, facilitando la tramitación de registros colectivos y orientando a las comunidades sobre cómo reclamar autoría y compensación.
La apuesta es práctica y simbólica a la vez. Las tejedoras no buscan volver al aislamiento; quieren mercados justos, etiquetado honesto y contratos que respeten su trabajo. Al presentar las 208 iconografías, reivindican un derecho a nombrar lo propio. Es una estrategia que combina archivo, pedagogía y presión pública para que consumidores, diseñadores y autoridades reconozcan el origen real de los diseños.
Organizaciones civiles y académicas que han acompañado el proceso subrayan que esta iniciativa puede servir de modelo para otras comunidades que enfrentan apropiación cultural. Pero también advierten que sin apoyo político y reformas legales que faciliten registros colectivos y sanciones efectivas, el catálogo corre el riesgo de quedarse en un documento de denuncia sin dientes.
Para las artesanas, la demanda es sencilla y resonante: respeto, visibilidad y reparación. En palabras de varias tejedoras compartidas con Fray Bartolomé de las Casas, el tejido es una manera de “contar la comunidad”, no una mercancía descontextualizada. La pregunta que queda para consumidores y autoridades es igualmente directa: ¿vamos a seguir comprando réplicas sin preguntar de dónde vienen, o vamos a apoyar procesos que devuelvan valor y voz a quienes los crearon?
El catálogo de las tsotsiles abre una brecha en la normalidad de la apropiación. Ahora corresponde a instituciones como el IMPI, organizaciones de la sociedad civil y a la ciudadanía decidir si ese gesto de documentación se traduce en cambios reales o en un archivo más que registra lo que se pierde.
