Historia de una ruptura: así se deterioraron las relaciones diplomáticas entre Perú y México
Las relaciones diplomáticas entre Perú y México se deterioraron hasta la ruptura en solo tres años tras doscientos años de comunión. Los gobernantes de ambos países se han lanzado dardos públicamente, retirado —y expulsado— a sus embajadores, y se han ausentado —o dejado sin invitación— a citas de envergadura como la toma de posesión de Claudia Sheinbaum o la cumbre Asia Pacífico (APEC) de 2024 realizada en Lima. No existe una postal de cordialidad entre las autoridades de ambos países. Los peruanos necesitan, desde el año pasado, un visado para ingresar a territorio mexicano. Por poco sucede lo mismo a la inversa, pero el Gobierno peruano decidió recular por cuestiones económicas.
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La otrora sólida amistad entre Perú y México, forjada a lo largo de dos siglos de historia compartida, cultura vibrante y lazos económicos, ha entrado en una profunda crisis. Lo que hace tan solo unos años parecía impensable, hoy es una dolorosa realidad: la ausencia de comunicación de alto nivel y la presencia de espinosas tensiones diplomáticas que impactan directamente la vida de miles de ciudadanos. Para entender este dramático giro, es necesario mirar hacia diciembre de 2022, el punto de inflexión que marcó el inicio del distanciamiento.
El origen de la discordia: diciembre de 2022
El punto de quiebre se remonta al 7 de diciembre de 2022, cuando el entonces presidente de Perú, Pedro Castillo, intentó disolver el Congreso antes de que este lo destituyera por «incapacidad moral permanente». El intento de autogolpe fracasó, Castillo fue detenido y el Congreso procedió a su vacancia, asumiendo la vicepresidenta Dina Boluarte la presidencia de la república. Este evento desató una ola de protestas y una profunda crisis política y social en Perú.
Fue en este contexto donde México, bajo la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, adoptó una postura que Perú interpretaría como una clara injerencia en sus asuntos internos. López Obrador defendió la legitimidad de Castillo, argumentando que había sido víctima de un «golpe blando» orquestado por las élites peruanas. México ofreció asilo político a la familia de Castillo y mantuvo un discurso crítico hacia el gobierno de Boluarte, cuestionando su legitimidad y la forma en que se manejaban las protestas en el país andino. Esta posición generó un profundo malestar en Lima, que veía en las declaraciones del presidente mexicano un apoyo a un mandatario destituido y un desconocimiento de su nueva autoridad constitucional.
Escalada de tensiones y gestos diplomáticos
Las palabras pronto se tradujeron en acciones diplomáticas de alto calibre. En enero de 2023, en respuesta a la persistente crítica mexicana, Perú llamó a consultas a su embajador en México y, poco después, declaró al embajador mexicano en Lima, Pablo Monroy Conesa, persona non grata, otorgándole un plazo de 72 horas para abandonar el país. Esta fue una de las medidas más drásticas en el ámbito diplomático y reflejó el profundo quiebre de confianza.
Otro punto de fricción crítico fue la presidencia pro tempore de la Alianza del Pacífico, un bloque de integración económica que incluye a Chile, Colombia, México y Perú. La tradición dictaba que la presidencia rotara a Perú en 2023. Sin embargo, el presidente López Obrador se negó rotundamente a entregarle la presidencia a Dina Boluarte, argumentando que no la reconocía como legítima mandataria. Esta situación sumió al bloque en una parálisis, ya que un traspaso formal requiere la anuencia de todos los miembros. La disputa por la Alianza del Pacífico no solo fue un enfrentamiento diplomático, sino que también tuvo implicaciones prácticas para la operatividad de uno de los mecanismos de integración más dinámicos de la región, afectando a empresarios y ciudadanos que se benefician de sus acuerdos comerciales y de movilidad.
El impacto en los ciudadanos: la guerra de los visados
El distanciamiento político no tardó en trascender los pasillos de las cancillerías para golpear directamente la vida de la gente de a pie. En abril de 2024, México anunció la imposición del requisito de visado para los ciudadanos peruanos que desearan ingresar a su territorio, argumentando un aumento en el número de peruanos que utilizaban el país como puente para llegar a Estados Unidos. Esta medida, que revirtió años de libertad de tránsito entre ambos países, causó un gran malestar entre los peruanos, quienes vieron limitada su capacidad de viajar por turismo, negocios o visitas familiares.
La respuesta de Perú fue inmediata y recíproca. El gobierno peruano anunció también la imposición de visados para los ciudadanos mexicanos. Sin embargo, esta decisión duró apenas unas horas. Ante la fuerte presión del sector turístico y empresarial, que alertó sobre el grave impacto económico que tendría la medida en el turismo receptivo, especialmente para destinos como Cusco o las playas del norte, el gobierno de Boluarte dio marcha atrás. Esta retractación, si bien pragmática, dejó en evidencia la asimetría de la situación y la vulnerabilidad de Perú ante las decisiones de su contraparte, especialmente cuando estas tienen un impacto directo en sus bolsillos.
Cumbres perdidas y oportunidades fallidas
La frialdad entre ambos países se ha manifestado también en la ausencia o baja representación en eventos cruciales para la diplomacia regional e internacional. La toma de posesión de Claudia Sheinbaum como la primera presidenta de México, un hito histórico, fue una de esas citas donde la tensión se hizo palpable. La ausencia de la presidenta Dina Boluarte, ya sea por falta de invitación o por decisión mutua, evidenció la profundidad de la ruptura. De igual forma, la Cumbre APEC de 2024, celebrada en Lima, no contó con una representación de alto nivel por parte de México, perdiendo una valiosa oportunidad para el diálogo bilateral en un foro multilateral clave para la región Asia Pacífico.
Estos hechos son más que meros detalles protocolares; son el reflejo de una incapacidad para mantener canales de comunicación abiertos y para construir puentes en momentos de divergencia. La diplomacia, en esencia, se trata de dialogar incluso cuando no se está de acuerdo, y estas ausencias sugieren que esa premisa fundamental ha sido sacrificada en el altar de las diferencias políticas.
Un futuro incierto pero con esperanza
La historia de la ruptura entre Perú y México es un recordatorio de cómo las diferencias políticas pueden escalar y afectar relaciones históricas, con consecuencias tangibles para la cooperación regional y la vida de los ciudadanos. Hoy, no hay «postal de cordialidad», como bien se menciona, sino más bien una imagen de distanciamiento y desconfianza.
A pesar del panorama actual, la esperanza de una futura recomposición de las relaciones permanece. Ambos países comparten una riqueza cultural, una historia profunda y desafíos comunes que hacen imperativa la búsqueda de un entendimiento. Es vital que, más allá de las diferencias entre sus gobernantes actuales, se reconozca el valor de una relación bilateral sólida para el bienestar de sus pueblos. El camino hacia la normalización será largo y requerirá de voluntad política y gestos de acercamiento, pero el historial de doscientos años de comunión sugiere que, tarde o temprano, los puentes diplomáticos pueden y deben ser reconstruidos.
