Quién manda en el país: hézbola o el gobierno libanés

Una batalla por el poder que no siempre se ve en los palacios pero sí en las calles, los hospitales y las fronteras.

Líbano vive una tensión permanente entre dos realidades: un Estado formal con instituciones frágiles y una fuerza armada y política —hézbola— que actúa con autonomía y respaldo social en amplias zonas. Lo que se juega no es sólo quién firma los decretos, sino quién garantiza seguridad, servicios básicos y el futuro económico de millones de libaneses.

Lo esencial —en pocas palabras

  • hézbola combina poder militar, representación política y redes de asistencia social; eso le da influencia sobre decisiones internas y relaciones exteriores.
  • El gobierno libanés dispone de legitimidad institucional pero su capacidad para imponer el monopolio de la fuerza y reformar el Estado se ha visto erosionada por la crisis económica, la corrupción y la fragmentación sectaria.
  • La relación entre ambos no es binaria: hay cooperación, competencia y episodios abiertos de conflicto, con consecuencias directas para la población.

Cómo se llegó hasta aquí

Después del asesinato del ex primer ministro Rafic Hariri en 2005 y la guerra de 2006 con Israel, hézbola consolidó su milicia y su presencia política. Desde 2019 la crisis financiera y la catástrofe del puerto de Beirut en 2020 profundizaron la pérdida de confianza en las instituciones. El Banco Mundial llegó a describir la crisis económica libanesa como una de las peores del mundo en más de un siglo. Organizaciones internacionales y medios han documentado cómo, en este vacío, estructuras no estatales han ganado terreno.

¿Qué poderes tiene cada actor?

Dimensión Hézbola Gobierno libanés
Fuerza militar Milicia bien armada y entrenada, con capacidad de disuasión frente a Israel y presencia en el sur y en la periferia de Beirut. Fuerzas armadas nacionales y seguridad interna con mandato legal, pero con limitaciones en equipamiento y alcance operativo.
Representación política Activa en el parlamento y en coaliciones gubernamentales; influencia decisiva en nombramientos y equilibrios sectarios. Estado constitucional con instituciones ejecutivas y legislativas; sujeto a presiones sectarias y clientelistas que dificultan reformas.
Servicios sociales Redes de salud, educación y ayuda directa en comunidades afines, que aumentan su legitimidad local. Servicios públicos deteriorados por la crisis económica, cortes eléctricos y colapso de servicios básicos.
Relaciones exteriores Actúa como actor con vínculos directos con Irán y redes regionales; sus decisiones condicionan la política exterior libanesa. Política exterior nominal, dependiente de acuerdos internos; la soberanía está afectada por presiones externas e internas.

Impacto en la vida cotidiana

El resultado es tangible: ciudadanos que sufren apagones, escasez de combustible y medicamentos, y una moneda que perdió gran parte de su valor frente al dólar. Para muchas familias, hézbola se ha convertido en respuesta inmediata a necesidades —ayuda, seguridad— que el Estado ya no cubre. Pero esa “protección” viene con un costo político: implicaciones en seguridad y repercusiones cuando estallan choques con Israel que ponen a las poblaciones en la línea de fuego.

¿Quién manda entonces?

No hay una única respuesta. En términos formales manda el gobierno: nombra ministros, firma acuerdos y responde ante organismos internacionales. En términos prácticos, en muchas áreas clave (defensa hacia el sur, cierto control social y poder de disuasión) hézbola actúa con autonomía y capacidad decisoria. La realidad es híbrida: un Estado con sombra paralela que condiciona su soberanía.

Riesgos y errores institucionales

  • La incapacidad para establecer un monopolio legítimo de la fuerza facilita la existencia de milicias.
  • La corrupción y la falta de reformas económicas han degradado la confianza en el gobierno.
  • La polarización sectaria impide consensos básicos y convierte cada crisis en arena de confrontación regional.

Posibles salidas constructivas

  • Reforma de seguridad con apoyo internacional y garantías que permitan integrar actores armados dentro de un marco legal y controlado por el Estado.
  • Fortalecimiento institucional y auditorías independientes para recuperar fondos públicos y restaurar servicios básicos.
  • Programas de reconstrucción social y económica focalizados en empleo, salud y educación que reduzcan la dependencia de redes paralelas.
  • Diálogo nacional tripartito —sociedad civil, Estado y actores armados— que busque salidas negociadas, evitando exclusiones que perpetúen el conflicto.

Qué puede hacer la gente

  • Participar en iniciativas locales de supervisión de servicios y rendición de cuentas.
  • Presionar por reformas electorales que reduzcan el clientelismo y abran espacios a liderazgos independientes.
  • Exigir transparencia en la gestión de la ayuda internacional y en los recursos públicos.

Fuentes y referencias

Este reportaje se apoya en informes y cobertura de organismos y medios: Banco Mundial (análisis de la crisis económica), Naciones Unidas y su resolución 1701 sobre la frontera sur, reportes de organizaciones como Human Rights Watch e International Crisis Group, y cobertura periodística internacional (Reuters, Al Jazeera, The Economist). Los hechos citados son consistentes con el estado de la región en los últimos años y con el análisis de expertos en seguridad y política libanesa.

La pregunta no es solo quién firma los decretos, sino quién decide cuándo y cómo se protegen las vidas y los bienes de los libaneses. Mientras el vacío de poder persista, esa decisión seguirá siendo compartida, conflictiva y peligrosa.

Con información e imágenes de: elpais.com