Refugiados de Gaza levantan muros de barro y sacan agua con baldes
Las tormentas han vuelto a dejar al descubierto la fragilidad de los campamentos: familias protegen lo poco que les queda con manos, barro y solidaridad comunitaria.
En varios campamentos de refugiados de la Franja de Gaza, las últimas lluvias han transformado tiendas y barracas en piscinas temporales. Según la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA) y la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), las tormentas han provocado filtraciones, colapso de drenajes y daños en infraestructuras ya deterioradas por años de conflicto y bloqueos.
La escena se repite: vecinos excavando zanjas, apilando barro en forma de muros improvisados alrededor de las tiendas, arrastrando con baldes el agua que lo invade todo. Una madre, que prefirió no identificarse, describe cómo protegió con un trozo de lona y barro la cama de sus hijos para que no se mojara: «No hay otra opción, esto es lo que sabemos hacer».
UNRWA ha advertido que las estructuras en los campamentos no soportan eventos meteorológicos intensos y que los refugios temporales, ya saturados por desplazamientos internos, son especialmente vulnerables. La Cruz Roja Palestina ha informado que las labores de emergencia se ven complicadas por el acceso limitado a bombas de desagüe, materiales de construcción y equipos de protección.
Detrás de la imagen de cubetas y barro hay un problema político y administrativo: OCHA y organizaciones humanitarias han documentado que las restricciones a la entrada de materiales de construcción y la limitada capacidad de respuesta sanitaria y de saneamiento agravan el riesgo de inundaciones y de brotes de enfermedades transmitidas por el agua. Human Rights Watch y Amnistía Internacional, entre otros, han señalado que la falta de reconstrucción y la política de bloqueo contribuyen a la precariedad de la vida cotidiana en Gaza.
Las consecuencias son inmediatas y prácticas. Las familias pierden enseres, medicamentos y documentos; las clínicas locales funcionan con dificultades y las escuelas, cuando reabren, sufren daños. Además, se incrementa el riesgo para niños y ancianos. Organizaciones sobre el terreno piden kits de emergencia, bombas de extracción y materiales para mejorar el drenaje comunitario, además de financiación urgente para reparar viviendas dañadas.
También surgen respuestas locales: comités vecinales coordinan turnos para vaciar el agua, maestros convierten aulas en almacenes seguros para los pocos alimentos que quedan, y voluntarios reparan los muros improvisados con lo que encuentran. Son soluciones de supervivencia, no sustitutos de políticas públicas efectivas.
Desde un enfoque constructivo, las agencias internacionales insisten en dos ejes: medidas inmediatas de mitigación —permitir la entrada rápida de materiales, aumentar suministros de emergencia y apoyar bombas y tanques— y planes a largo plazo para restaurar sistemas de drenaje, potable y de saneamiento. Sin estos pasos, cada temporada de lluvias volverá a exponer la misma vulnerabilidad.
La foto es clara: mientras las familias usan baldes y barro para combatir el agua, las instituciones responsables —tanto locales como las que tienen influencia sobre las restricciones y la financiación internacional— deben responder con recursos y políticas que impidan que la protección de la vida cotidiana dependa otra vez de la improvisación.
UNRWA y OCHA han emitido llamadas de emergencia. La sociedad civil y las organizaciones humanitarias reclaman que la comunidad internacional traduzca la alarma en ayuda efectiva y sostenida. Para los refugiados de Gaza, cada lluvia que entra es un recordatorio de que la recuperación no puede esperar más.

