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México atado a estados unidos: la economía que no logra soltarse

Nunca como ahora la economía mexicana ha estado tan entrelazada con la de su vecino del norte. Las cifras oficiales confirman lo que se siente en las calles: según datos del INEGI y la Secretaría de Economía, alrededor de tres cuartas partes de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Las cadenas de valor atraviesan la frontera con la misma facilidad que cruzan quienes viajan por tierra: autopartes, electrónica, bienes intermedios que vuelven y vuelven hasta convertirse en producto final.

Para millones de personas esto significa empleos y oportunidades. La inversión extranjera directa vinculada al mercado estadounidense ha creado plazas industriales en ciudades del norte y el Bajío. El Banco de México registra además que las remesas y el comercio compensan volatilidades, y muchos hogares dependen de esos ingresos para llegar a fin de mes.

Pero la dependencia también tiene lado oscuro. Cuando la demanda en Estados Unidos se enfría, la economía mexicana recibe el golpe sin red propia. Las decisiones de política monetaria o fiscal en Washington tienen efectos inmediatos aquí, y las empresas mexicanas pierden poder de negociación para aumentar salarios o condicionar mejores prácticas laborales y ambientales.

Esto contrasta con los objetivos del siglo XX, cuando la estrategia de sustitución de importaciones buscaba construir industria propia y autonomía económica. Hoy, en lugar de una cintura productiva que complemente la inversión externa, muchos sectores funcionan como extensiones de plantas y centros de decisión fuera del país. El resultado es una fragilidad estructural: dependencia de insumos importados, poco encadenamiento con proveedores locales y menor capacidad para agregar valor en México.

Hay cifras que lo ilustran: el comercio exterior representa una alta proporción del PIB mexicano y el sector manufacturero orientado a exportación sigue concentrando empleos que, aunque numerosos, son vulnerables a recortes en la cadena norteamericana. Organismos como la OCDE y el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria han señalado la necesidad de políticas activas para diversificar mercados y fortalecer cadenas productivas locales.

No todo es negativo. La integración con Estados Unidos ha traído transferencia tecnológica, empleo formal y precios más bajos para consumidores. La clave está en dejar de mirar la relación como un destino inevitable y empezar a gobernarla: políticas industriales estratégicas, apoyo a pymes para insertarse en cadenas de valor con mejor margen, educación técnica y mayores inversiones públicas en infraestructura y ciencia.

Si México quiere dejar de ser un satélite económico tiene que negociar desde una posición que construya capacidad propia, no solo buscar mejores condiciones para que las fábricas sigan llegando. Como advierte la Secretaría de Economía, la diversificación de destinos y la profundización de contenidos nacionales en exportaciones son tareas urgentes. Es hora de coser una red propia que no dependa únicamente de un hilo que pasa por el norte.

Con información e imágenes de: La Jornada