La ONU pide levantar embargo a Cuba mientras estados unidos desafía a la mayoría

La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó nuevamente una resolución que reclama el fin del embargo económico, comercial y financiero contra Cuba, una práctica que la comunidad internacional condena desde hace décadas. Según la propia Naciones Unidas y reportes de Reuters, la votación fue abrumadora, pero Estados Unidos, junto con Israel, volvió a votar en contra.

El fallo de la ONU pone en el foco algo que no es abstracto: para miles de cubanos el bloqueo se traduce en medicinas difíciles de conseguir, repuestos para equipos hospitalarios demorados, encarecimiento de alimentos importados y obstáculos para la remesa que envían familiares desde el exterior. Es una política que funciona como una especie de cerrojo invisible sobre la vida cotidiana.

La administración estadounidense ha defendido el mantenimiento de sanciones como instrumento de presión política contra el Gobierno de La Habana. Sin embargo, la vigencia de la Ley Helms-Burton, aprobada en 1996, convierte el levantamiento total del embargo en una tarea que depende del Congreso de Estados Unidos, no solo de la Casa Blanca. La tensión entre la política exterior y el impacto humanitario vuelve a aflorar.

Organizaciones internacionales y ONG, incluidas Naciones Unidas y Human Rights Watch, han señalado que las sanciones afectan el acceso a bienes esenciales y contribuyen a la fragilidad social y económica de la isla. Al mismo tiempo, defensores del embargo, entre ellos sectores del exilio cubano en estados unidos, argumentan que las medidas son una herramienta legítima contra violaciones a derechos humanos y la falta de pluralismo político en Cuba.

El cuadro real es mixto. La resolución de la ONU reclama el fin de restricciones económicas que, según el organismo, impiden el desarrollo y la recuperación económica de Cuba. Para muchos expertos consultados por medios como The Guardian y BBC, el mensaje es claro: el aislamiento prolongado no ha producido los cambios políticos esperados y, además, agrava la precariedad social.

Desde un enfoque práctico, levantar o flexibilizar sanciones tendría efectos visibles. Podría abaratar la importación de insumos médicos, facilitar la inversión en infraestructura energética y permitir un mayor flujo de comercio y turismo que beneficiaría a trabajadores y pequeñas empresas. También abriría espacios para la cooperación en salud pública, educación y cambio climático, asuntos que Naciones Unidas ha impulsado en su discusión.

No obstante, cualquier cambio requiere decisiones políticas difíciles. Estados unidos mantiene reservas estratégicas y electorales que condicionan su postura. El debate, entonces, no es solo bilateral entre Washington y La Habana. Involucra a congresistas, comunidades migrantes, empresas, organizaciones de la sociedad civil y a la propia población cubana, que sufre las consecuencias.

La resolución de la ONU es una demanda mayoritaria que interpela a la comunidad internacional a priorizar soluciones que protejan a las personas. Como ha documentado Naciones Unidas, la cuestión del embargo no es un mero gesto diplomático: afecta derechos básicos y dificulta políticas públicas orientadas al bienestar.

Si la política exterior se parece a una llave, hoy esa llave no abre la puerta al alivio económico de millones. Romper ese cerrojo exige voluntad política, diálogo constructivo y políticas orientadas al bienestar social, no al espectáculo. Los cubanos y cubanas esperan más que posturas; esperan cambios que mejoren su día a día.

Fuente: Naciones Unidas, Reuters, Human Rights Watch, The Guardian.

Con información e imágenes de: France 24