Netanyahu apuesta por una coalición de derecha y descarta el papel decisivo de los partidos árabes

Tras los resultados preliminares de las elecciones legislativas, el primer ministro Benjamin Netanyahu salió a la palestra desde la sede del Likud para reivindicar la victoria de su bloque y anunciar su intención de conformar «un gobierno de derecha fuerte y estable». En ese discurso, según reporta nuestra enviada especial Erika Olavarría, agradeció a sus aliados y dejó claro que no aceptará que los partidos árabes tengan un papel decisivo en la formación del ejecutivo.

La declaración enardeció el debate político. Para la reciente mayoría sionista que celebra en el cuartel general del Likud, el mensaje fue de consolidación; pero para amplios sectores de la ciudadanía —especialmente en las comunidades árabes de Israel— supone una nueva señal de exclusión. La Comisión Electoral Central presentó ayer los resultados preliminares que colocan al bloque de Netanyahu en posición de intentar sumar una mayoría, aunque aún quedan negociaciones y reclamaciones pendientes por votos y listas alternativas.

El cierre de puertas a pactos con partidos árabes tiene efectos concretos más allá del simbolismo. Cuando un segmento de la ciudadanía queda proscrito del tablero de gobierno, los problemas cotidianos —vivienda, sanidad, inversión en infraestructuras, educación en árabe— corren el riesgo de seguir sistemáticamente postergados. Es una ecuación simple: menos representación suele traducirse en menos recursos y menor capacidad de incidencia en políticas públicas.

Desde la perspectiva de la democracia, la postura de Netanyahu profundiza una grieta que va más allá de las agendas partidarias. Como señala Erika Olavarría desde la sede del Likud, entre los simpatizantes hay euforia por la promesa de estabilidad, pero en las calles de ciudades mixtas y en los municipios árabes la reacción es de inquietud y protesta. Dirigentes de las listas árabes interpretan el rechazo como una estrategia divisoria que busca movilizar a la base conservadora del bloque de derecha, y advierten que esa exclusión puede alimentar tensiones sociales.

Políticamente, el mensaje también complica las opciones de gobernabilidad. Si Netanyahu blindara su gabinete solo con socios de la derecha ortodoxa y nacionalista, podría ganar coherencia ideológica, pero perder flexibilidad para acuerdos técnicos y reformas necesarias en lo social y económico. Economistas y analistas consultados por este diario observan que la falta de pluralidad en las coaliciones tiende a priorizar agendas identitarias por sobre políticas públicas eficaces, algo que repercute en el bolsillo de la gente.

En términos internacionales, un gobierno que explícitamente excluye actores árabes en su ámbito interno proyecta una señal preocupante para quienes siguen el conflicto y la convivencia en la región. Las repercusiones diplomáticas y la percepción externa sobre la calidad democrática de Israel serán, muy probablemente, materia de observación en los próximos meses.

La escena quedó marcada por una metáfora repetida entre los analistas: cerrar la puerta a los partidos árabes equivale a empujar asuntos difíciles por debajo de la alfombra; a la larga, esa alfombra acumula polvo y termina por volverse un problema mayor. Frente a eso, voces ciudadanas y organizaciones de la sociedad civil reclaman puentes, no muros, y proponen políticas concretas para mejorar servicios públicos y revertir desigualdades que afectan a comunidades árabes y judías por igual.

Lo que sigue ahora es el pulso de las negociaciones: quiénes suman a la hora de formar la coalición, qué concesiones se ofrecen y si las promesas de estabilidad se traducen en políticas que mejoren la vida cotidiana. Nuestra enviada Erika Olavarría continuará informando desde la sede del Likud y siguiendo las reacciones en las calles y en los municipios afectados por estas decisiones.

Con información e imágenes de: France 24