Tensión contenida en el Likud mientras se escrutan las urnas

Desde la sede del Likud en Tel Aviv, la noche electoral se vivía como una espera suspendida entre el alivio y la incertidumbre. Erika Olavarría, enviada especial, describe a militantes agrupados frente a pantallas pequeñas, con teléfonos en mano y miradas que se intercambian más que palabras: muchos celebran resultados preliminares favorables, pero la mayoría insiste en que aún es pronto para cantar victoria.

La escena no es de júbilo desbordado ni de derrota. Es la prudencia que impone el sistema electoral israelí y la memoria de contiendas anteriores donde los pronósticos cambiaron hasta el último recuento. En el aire se percibe también la cuenta atrás política: formar gobierno exige una coalición de 61 escaños en la Knéset, y eso abre la puerta a negociaciones que pueden rebajar promesas y forzar acuerdos con aliados incómodos.

En la práctica, esa espera tiene efectos inmediatos para la ciudadanía. La bolsa y algunos sectores económicos reflejan nerviosismo: inversores valoran la estabilidad institucional, y la posibilidad de un Ejecutivo sostenido por partidos ultraortodoxos o nacionalistas plantea dudas sobre políticas fiscales, servicio militar y derechos civiles. Para familias y trabajadores, la incertidumbre sobre el rumbo del Estado significa dudas sobre presupuesto en educación, salud y vivienda.

Dentro del local del Likud, los militantes repiten que la prioridad es mantener la cohesión y asegurar la formación de gobierno cuanto antes. «No podemos regalar la narrativa a nuestros adversarios», decía una militante veterana, según relata Erika Olavarría. A la vez, analistas consultados por este diario advierten que la composición de la futura coalición marcará el tipo de reformas que se intentarán impulsar, en especial en lo relativo al poder judicial y a la relación entre el Ejecutivo y los tribunales.

Esos debates afectan a la vida cotidiana: cambios en la estructura del poder judicial pueden alterar el acceso a la justicia, los controles sobre la corrupción y la protección de derechos básicos. Sectores moderados y organizaciones civiles han mostrado preocupación en elecciones previas por propuestas que debilitarían contrapesos institucionales. Desde la óptica económica, inversores extranjeros y el sector tecnológico observan con cautela cualquier señal de inestabilidad legal que pueda complicar acuerdos o inversiones.

La narrativa oficial del Likud, según fuentes internas citadas por nuestra enviada, busca transmitir calma y disciplina. El discurso público apela a la experiencia de Netanyahu en materia de seguridad y a la necesidad de un gobierno fuerte frente a amenazas regionales. Sin embargo, en los pasillos se escuchan preguntas prácticas: ¿a qué precio se conseguirán los aliados necesarios? ¿Qué concesiones se harán en políticas sociales y en la agenda legislativa?

La tensión de la noche también es una prueba de fuego para la democracia israelí. Votar y luego ver cómo se negocian las mayorías es parte del juego político, pero la opacidad de algunas negociaciones y la presión por formar un gobierno rápido pueden erosionar la confianza ciudadana si no hay claridad. Organizaciones por la transparencia y activistas han prometido vigilancia; la sociedad civil permanecerá atenta a cualquier señal de retroceso en derechos o institucionalidad.

Para los votantes que no apoyan a Netanyahu, la expectativa es doble: temen que una coalición de derechas imponga cambios regresivos, pero también esperan que la resistencia democrática se articule desde la calle y desde los tribunales. En las próximas semanas se verá si esas expectativas se traducen en movilización organizada o en resignación.

Mientras tanto, en la sede del partido, la fórmula que se repite es cautela más esperanza. Según Erika Olavarría, muchos simpatizantes prefieren no celebrar hasta que no haya acuerdos firmes sobre mesa. La política, en Israel, vuelve a mostrar su cara más pragmática: la victoria en las urnas es apenas el primer acto; lo que sigue es la negociación intensa que definirá si la promesa de estabilidad trae consigo cambios que la sociedad aceptará o rechazará.

Queda por delante el recuento definitivo y la ronda de contactos que decidirá la forma del próximo gobierno. Para millones de israelíes, esa decisión determinará no solo quién manda, sino qué tipo de país serán llamados a habitar en los próximos años. Erika Olavarría, desde Tel Aviv.

Con información e imágenes de: France 24