Costa rica replica el modelo de Bukele y levanta una megacárcel de máxima seguridad

Costa Rica inaugurará una prisión de máxima seguridad para más de 5.000 personas privadas de libertad, según informó la Casa Presidencial y lo reflejó La Nación. El centro, concebido con celdas de rejas y camas de hormigón y condiciones de vida austeras, permitirá apenas una hora diaria al aire libre por interno, una medida que la presidenta Laura Fernández defendió como “necesaria para restablecer el orden”. Las autoridades han presentado el proyecto como una respuesta contundente al aumento de la violencia, y admiten que el diseño se inspira en el modelo de alta seguridad impulsado por el presidente Nayib Bukele en El Salvador.

En el discurso oficial, el argumento es simple: más espacio y mano firme para contener a bandas y reducir los índices delictivos. Pero la réplica de modelos forjados en estados de excepción trae consigo riesgos y contradicciones que cambiarán la vida cotidiana de muchas familias y barrios. Organizaciones como Human Rights Watch han denunciado en el pasado que prisiones masivas y regímenes de aislamiento prolongado, como los aplicados en El Salvador, agravan la detención arbitraria, impiden la reinserción y pueden convertir centros de reclusión en reactores de violencia.

Para una madre cuyo hijo cumple condena, una hora diaria en un patio puede marcar la diferencia entre días en que la vida interior se oxigena o languidece. Para empleados penitenciarios y municipios vecinos, la instalación promete empleos y recursos, pero también plantea preguntas sobre seguridad, transparencia en las contrataciones y control civil sobre una infraestructura con capacidad para una ciudad pequeña.

El precedente salvadoreño muestra dos lecciones: la eficacia temporal en la reducción de algunos delitos y el costo institucional alto en libertades y garantías procesales. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha advertido que la militarización y las detenciones masivas exigen salvaguardas que en la práctica suelen flaquear. En Costa Rica, país con tradiciones democráticas y un sistema penitenciario menos militarizado, la tensión entre mano dura y derechos es aún más visible.

El Gobierno insiste en que habrá protocolos de respeto a derechos humanos y supervisión. Sin embargo, expertos en políticas públicas consultados por La Nación y organizaciones sociales piden datos claros: cuántas plazas realmente disminuirán la saturación en otras penitenciarías, qué programas de salud mental y reinserción estarán disponibles y quién fiscalizará el uso del aislamiento.

Construir una megacárcel no es sólo amontonar celdas; es decidir si la respuesta al delito será una pared de hormigón que oculta problemas de fondo o una política integral que combine prevención social, educación y justicia. La pregunta para Costa Rica —y para la ciudadanía— es si la réplica del modelo Bukele será una solución efectiva o un atajo que hipotecará derechos y soluciones sostenibles a largo plazo.

Con información e imágenes de: France 24