Ceuta arde entre insultos: niños migrantes descalzos señalados como invasores
La llegada masiva —según cifras citadas por instituciones, alrededor de 70.000 personas— ha encendido un debate político y social en España que ya no es solo sobre fronteras, sino sobre lenguaje y seguridad. El discurso de la “invasión” ha calado en redes y, según datos institucionales, ha coincidido con un aumento del 76% de mensajes de odio en plataformas digitales. Ese relato no es inocuo: tiene víctimas concretas, entre ellas niños migrantes que llegaron descalzos y exhaustos.
Organizaciones como Exmenas han alertado sobre el coste humano de convertir a menores en símbolos. Mohamed El Harrak, trabajador social y cofundador de Exmenas, explicó a France 24 que la narrativa de amenaza alimenta el estigma y dificulta la protección de los menores no acompañados. “Cuando se deshumaniza a quien llega, se hace más fácil normalizar recortes en garantías, controles más duros y la aceptación social del rechazo”, dijo El Harrak en la conversación con la cadena.
En las calles y en las pantallas, la imagen de niños con los pies descalzos se mezcla con consignas políticas y opiniones airadas. Para funcionarios y organizaciones de infancia, el resultado es previsible: aumento de la vulnerabilidad, riesgo mayor de trata y explotación, y consecuencias psicológicas duraderas. Los equipos de acogida y las ONG advierten que la etiqueta de “invasor” dificulta el trabajo cotidiano, desde encontrar plazas en centros hasta garantizar asistencia sanitaria y escolar.
La tensión política tampoco ayuda. Partidos y representantes han empleado términos contundentes para presionar por respuestas inmediatas: refuerzos en frontera, deportaciones aceleradas, endurecimiento de criterios de protección. Es legítimo debatir orden y control, pero el periodismo y la política tienen la responsabilidad de no alimentar odio. Datos objetivos y procedimientos claros son la mejor vacuna contra la polarización.
¿Qué se puede hacer? Exmenas y otros colectivos piden medidas concretas: protocolos de identificación y protección de menores, formación para quienes atienden primeras acogidas, campañas públicas contra la desinformación y recursos para contrarrestar el odio en redes. También reclaman coordinación entre administraciones y transparencia en las cifras y actuaciones, para que el debate no quede reducido a consignas.
En un país donde la memoria reciente recuerda los costes sociales de la estigmatización, convertir a niños en símbolos de una supuesta invasión es una peligrosa simplificación. Proteger a la infancia no es una postura ideológica: es una obligación legal y ética. Si la sociedad quiere respuestas firmes y humanas, debe exigir a sus instituciones menos retórica y más políticas claras de acogida, integración y comunicación pública que reduzcan el espacio para el odio.
Fuente: datos institucionales citados, Exmenas y entrevista con Mohamed El Harrak en France 24.
