Cuando la radio se apaga: taxistas afganos cruzan la prohibición musical
En las calles de Kabul, la música viaja a escondidas. Cuando aparece un policía, los taxistas apagan la radio y el equipo de sonido como quien sopla una vela: para evitar ser detenidos. Esa imagen, repetida desde la llegada del Gobierno talibán en 2021, resume una restricción que no es solo cultural, sino también económica y humana.
Desde 2021 las autoridades prohibieron melodías populares y permitieron en el espacio público únicamente cantos religiosos o himnos aprobados por las autoridades, según reportes de Reuters y de la BBC. Organizar o difundir música fuera de esos márgenes se ha convertido en un riesgo real: en 2025, cuatro músicos afganos fueron condenados a 15 meses de cárcel por un toque nocturno, según informes de TOLOnews y Radio Free Europe/Radio Liberty (RFE/RL).
Organizaciones como Human Rights Watch y Amnesty International han documentado cómo estas medidas reprimen expresiones culturales y criminalizan a artistas. Para taxistas y pequeños comerciantes, la música no es lujo: es compañía en turnos largos, herramienta para calmar pasajeros y, en muchos casos, una fuente de ingresos indirecta. Cuando la radio se apaga, también se apagan oportunidades y parte del tejido social.
El silencio impuesto funciona como una doble condena: borra la memoria sonora de generaciones y empuja la cultura hacia la clandestinidad o el exilio. Algunos conductores y músicos se han adaptado: reproducen canciones a volumen bajo, las comparten en redes privadas o las interpretan solo en espacios cerrados entre conocidos, según testimonios recogidos por RFE/RL y TOLOnews.
La prohibición no solo plantea una cuestión de libertad artística; afecta salud mental, cohesion social y economía local. Desde una perspectiva de políticas públicas, el resultado es claro: la represión cultural agudiza la fragilidad social. Es hora de que instituciones internacionales y sociedad civil, documentadas por Human Rights Watch y Amnesty International, impulsen mecanismos de protección para artistas y espacios culturales en Afganistán.
El sonido vuelve a ser una forma de resistencia cotidiana. Que la comunidad internacional y las organizaciones afganas no lo dejen solo en un gesto clandestino dentro de un taxi.
