Onu bajo tensión: discursos de Irán y Ucrania sacuden la 81ª Asamblea

Líderes de 71 Estados y 45 gobiernos abordan guerras, clima y los retos de la inteligencia artificial en un foro cada vez más polarizado

Los principales salones de la ONU en Nueva York funcionan esta semana como un termómetro: miden temperaturas geopolíticas que han subido sin pausas desde octubre de 2023. Según la propia ONU, 71 jefes de Estado y 45 jefes de Gobierno estarán presentes en la 81ª Asamblea General, donde las guerras en Medio Oriente y en Ucrania dominan la agenda y amenazan con restar urgencia a problemas que también golpean el bolsillo de la gente, como la crisis climática y el encarecimiento de la energía.

En este marco, Irán y Ucrania concentran la atención. Irán llega con un protagonismo forzado por la ampliación del conflicto en Gaza y las acusaciones de varios países sobre su apoyo a grupos armados en la región. Ucrania, por su parte, buscará reclamar material y apoyo político frente a la invasión rusa que no da tregua. Reuters y otras agencias destacan que ambos temas marcarán los discursos y las negociaciones bilaterales en los pasillos.

La escena no es solo una pelea de micrófonos. Para millones de familias, las decisiones que se discuten aquí tienen efectos directos. El agravamiento de los conflictos alimenta desplazamientos y una factura energética más cara; la falta de acuerdos climáticos obliga a gobiernos a recortar inversiones sociales; y la carrera por regular la inteligencia artificial plantea riesgos laborales y de privacidad que ya tocan la vida cotidiana. Estas conexiones las han subrayado analistas citados por la ONU y por medios como El País en la previa de la Asamblea.

António Guterres, secretario general de la ONU, ha pedido desde hace meses ceses de hostilidades temporales para permitir ayuda humanitaria. Su llamado, según notas oficiales de la ONU, choca con discursos que siguen fundamentalmente la lógica del poder y la revancha. Esa tensión deja en evidencia una verdad incómoda: la plataforma multilateral sigue siendo esencial, pero su eficacia se licua cuando las grandes potencias y los bloques regionales priorizan intereses inmediatos sobre soluciones de largo plazo.

El balance es doble. Por un lado, la Asamblea permite que países medianos y organizaciones de la sociedad civil pongan sobre la mesa la crisis climática, la seguridad alimentaria y la necesidad de políticas públicas que protejan a los más vulnerables. Por otro lado, la polarización visible entre delegaciones bloquea consensos sobre sanciones, corredores humanitarios y mecanismos de financiación para la transición energética, advierten diplomáticos citados por Reuters.

Como periodista con mirada crítica, hay que decirlo claro: la ONU no es la causante de los conflictos, pero tampoco puede seguir siendo un auditorio decorativo. Si la comunidad internacional quiere que las resoluciones tengan impacto real en la vida de las personas, hace falta más que discursos. Se requieren compromisos verificables, recursos para la reconstrucción y reglas claras para la inteligencia artificial que protejan empleos y derechos digitales. Organismos multilaterales y gobiernos deben cerrar la brecha entre la retórica y la gestión.

En los próximos días, conviene mirar menos los titulares incendiarios y más los gestos prácticos: quién firma nuevos fondos para refugiados, qué países aceptan abrir corredores humanitarios, qué alcance tienen las propuestas para abaratar la energía para los hogares y qué acuerdos se adoptan sobre la regulación de la IA. Si la Asamblea no logra traducir el ruido en medidas tangibles, la sensación de alarma que hoy domina la plaza de las Naciones quedará como otra cita inconclusa en una agenda global que exige respuestas urgentes.

Fuentes: ONU, Reuters, El País.

Con información e imágenes de: France 24