Familias yemeníes se juegan la vida en el mar: cruzan Bab el-Mandeb y la OIM las acoge
Huyen con lo puesto. Madres con bebés al hombro, hombres que cargan recuerdos en bolsas de plástico y ancianos agotados han protagonizado en las últimas semanas una nueva ola de desplazamiento desde la costa yemení hacia el otro lado del estrecho de Bab el-Mandeb. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) confirma que equipos humanitarios están recibiendo a familias que arriesgan travesías cortas pero peligrosas para escapar de la violencia.
El conflicto yemení, que se intensificó tras el avance de los rebeldes hutíes y la intervención de la coalición liderada por Arabia Saudita, ha convertido zonas enteras en campos de guerra y ha obligado a millones a abandonar sus hogares. Según informes de Naciones Unidas, el país enfrenta una de las peores crisis humanitarias del mundo: la guerra ha destruido infraestructuras básicas, encarecido alimentos y medicamentos y dejado a amplias capas de la población sin protección.
El estrecho de Bab el-Mandeb, que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén, es una vía estratégica y a la vez traicionera. Las corrientes, el tránsito de buques comerciales y la falta de embarcaciones seguras hacen que el cruce sea extremadamente arriesgado para embarcaciones improvisadas. La OIM, que opera puntos de recepción en la región, ha documentado llegadas de familias exhaustas, muchas en necesidad urgente de atención médica, agua y refugio temporal.
Organizaciones humanitarias alertan de que esta ruta se ha convertido, para algunos, en la única salida posible cuando el avance de los combates corta rutas terrestres y cuando los servicios estatales colapsan. Fuentes de la OIM y de agencias de la ONU señalan además que el cierre o la inseguridad en puertos y carreteras dentro de Yemen obliga a las personas a optar por la peligrosa alternativa marítima.
La respuesta internacional ha sido desigual. La OIM y ACNUR despliegan asistencia donde pueden, pero reconocen límites de capacidad y financiación. Según la propia OIM, la asistencia de emergencia está lejos de cubrir la demanda: falta espacio para alojar a los recién llegados, suministros médicos y corredores seguros que permitan soluciones más duraderas. En ese vacío, la travesía se convierte en una apuesta desesperada.
Desde una mirada crítica y propositiva, la situación refleja fallos simultáneos: políticas militares que prolongan el conflicto, acuerdos internacionales que no garantizan protección efectiva y una respuesta humanitaria que funciona a parcheos. No es solo una cuestión de números; son historias concretas. Cuando una familia decide lanzarse al mar, es el síntoma de un sistema que no protege a sus civiles.
La OIM hace un llamado a los Estados y donantes para ampliar fondos, habilitar puntos de desembarque seguros y coordinar evacuaciones humanitarias. Expertos en derechos humanos y agencias como Naciones Unidas insisten en la necesidad de negociar corredores de ayuda y presionar por un alto el fuego que permita soluciones de largo plazo: reasentamiento, retorno seguro o integración local según cada caso.
Mientras la política siga tropezando con intereses geoestratégicos, quienes pagan la cuenta serán siempre las familias. La labor de la OIM y otras organizaciones humanitarias mitiga el daño, pero no sustituye una salida política. La comunidad internacional tiene ante sí la oportunidad y la obligación de evitar que más personas pongan en riesgo su vida en el mar para escapar de una guerra que podría y debe detenerse.
