Brics reescriben el tablero global: promesa, riesgo y lo que cambiaría en la vida cotidiana
En el primer día de la cumbre anual del BRICS en Nueva Delhi, los líderes del bloque aprobaron por unanimidad una declaración conjunta que, según Reuters, muestra “profunda preocupación” por la guerra en Oriente Medio y reclama máxima moderación y un enfoque multilateral que respete posiciones nacionales. La declaración reitera el compromiso con la solución pacífica de disputas mediante diálogo y condena, según el mismo texto citado por Reuters, los ataques deliberados que Estados Unidos habría perpetrado en Irán contra “infraestructuras civiles e instalaciones nucleares pacíficas” bajo salvaguarda del Organismo Internacional de la Energía Atómica.
¿Por qué eso alimenta la idea de que los BRICS pueden cambiar las reglas del juego global? La respuesta tiene tres patas: peso demográfico y económico, arquitectura financiera alternativa y una narrativa política contraria al statu quo. El bloque ya agrupa a países que suman más de un tercio de la población mundial y cerca de un cuarto del PIB global, según estimaciones del FMI. Con la incorporación de nuevos miembros en los últimos años, su influencia política y económica se ha multiplicado.
En términos prácticos, los BRICS buscan reducir la dependencia del dólar en el comercio y la financiación, promover pagos en monedas locales y reforzar instituciones propias como el Banco Nuevo de Desarrollo. Es una jugada que, de prosperar, afectaría desde el precio de importaciones hasta la capacidad de los gobiernos para endeudarse en condiciones favorables. Para una pyme que importa insumos, para una familia que envía remesas o para un Estado que necesita financiamiento para hospitales, esos cambios pueden traducirse en costos más bajos o, si la transición es desordenada, en mayor volatilidad y riesgo.
El proyecto tiene un lado constructivo: mayor competencia financiera puede significar más opciones de crédito para infraestructura y proyectos sociales en países que históricamente han quedado fuera de los circuitos multilaterales dominados por Occidente. El Banco Nuevo de Desarrollo ha financiado ya obras de energía y transporte que, según sus reportes, buscan cerrar brechas de infraestructura. Para comunidades locales, eso puede traducirse en empleo, mejor acceso a servicios y desarrollo territorial.
Pero la promesa no es línea recta. Desde una perspectiva crítica —propia de un centroizquierda que busca justicia social y gobernanza democrática— hay riesgos palpables. Muchos de los países que lideran o se suman a la iniciativa tienen democracias frágiles o regímenes autoritarios. Cuando el financiamiento viene sin condicionalidades fuertes en derechos humanos o medio ambiente, se corre el riesgo de reproducir modelos extractivistas y proyectos que perjudican comunidades locales y el clima. Además, la presión geopolítica puede llevar a una fragmentación de normas y estándares globales sobre comercio, trabajo y protección ambiental.
La reciente condena, incluida en la declaración y recogida por Reuters, de ataques contra infraestructuras civiles pone de relieve también la vocación geopolítica del bloque: no es solo economía, es una apuesta por reequilibrar poder. Eso puede alumbrar soluciones multilaterales más representativas, pero también endurecer bloques y respuestas diplomáticas que afecten la paz y el comercio internacional.
¿Qué pueden hacer los ciudadanos y gobiernos progresistas que se preocupan por la justicia social? Primero, exigir transparencia: contratos, evaluaciones ambientales y condiciones de financiamiento deben ser públicas y sujetos a fiscalización. Segundo, empujar porque nuevas inversiones vayan acompañadas de estándares laborales y climáticos claros. Y tercero, fortalecer instituciones democráticas para que los beneficios no queden concentrados en élites pero sí lleguen a la salud, la educación y el empleo local.
La cumbre de Nueva Delhi, y la declaración que Reuters ha difundido, muestran que los BRICS van en serio: buscan cambiar reglas, alianzas y prácticas. Eso puede abrir oportunidades reales para países y poblaciones históricamente marginadas, pero también puede profundizar desigualdades si falta control público y criterios sociales y ambientales. En ese cruce está el desafío: transformar la promesa en políticas que mejoren la vida de la gente, no en un nuevo tablero donde ganen solamente los de siempre.
