In this Sept. 11, 2001 photo, people walk over New York's Brooklyn Bridge from Manhattan to Brooklyn following the collapse of both World Trade Center towers. (AP Photo/Mark Lennihan)

A 25 años del 11-s: cómo las decisiones reordenaron la vida en Estados Unidos

El 11 de septiembre de 2001 cambió la cotidianeidad de Estados Unidos como un terremoto que descompone un paisaje. Cuatro aviones secuestrados por Al Qaeda se estrellaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono; cerca de 3.000 personas murieron en una jornada que, según el informe de la Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas, marcó un antes y un después político y social.

En los años que siguieron, las políticas públicas actuaron como un bisturí sobre la seguridad nacional y las libertades civiles. El Congreso aprobó el Patriot Act en cuestión de semanas, ampliando facultades de vigilancia; la creación del Departamento de Seguridad Nacional reorganizó la respuesta del Estado; y la Agencia de Seguridad Nacional incrementó programas de recolección masiva de datos, evidenciado años después en las revelaciones publicadas por The Guardian y The Washington Post tras las filtraciones de Edward Snowden. La ACLU documentó cómo muchas de estas medidas erosionaron garantías constitucionales, sobre todo para comunidades musulmanas e inmigrantes.

En el terreno exterior, la respuesta fue militar y sostenida. La invasión de Afganistán buscó desmantelar la base de Al Qaeda; la guerra en Irak, iniciada en 2003, se basó en inteligencia que luego resultó defectuosa, como reconstruye The New York Times y reconoce el propio 9/11 Commission Report. El costo humano y económico ha sido gigantesco: el Proyecto Costos de Guerra de la Universidad de Brown estima billones de dólares y cientos de miles de víctimas directas e indirectas.

También hubo transformaciones cotidianas palpables. La Administración de Seguridad en el Transporte (TSA) reinventó viajar: controles más rígidos, perfiles y una seguridad que para muchos se convirtió en molestia pero para otros en nueva normalidad. Las familias de las víctimas lucharon por memoria y reparación; en Lower Manhattan brotó el National September 11 Memorial & Museum, un intento de transformar el duelo en memoria pública.

No todo fue retroceso. Mejoraron los protocolos de emergencia y la cooperación internacional en inteligencia evitó ataques posteriores, según analistas citados por The Washington Post. Sin embargo, estos avances costaron derechos y generaron daños colaterales: detenciones sin juicio en Guantánamo, programas de tortura admitidos por funcionarios y una ola de islamofobia que, según datos del FBI, disparó crímenes de odio contra musulmanes tras el 11-S.

Veinticinco años después, la cuenta es compleja. Estados Unidos es más seguro en algunos sentidos y más frágil en otros. La lección central, según expertos y organizaciones como la ACLU y la Comisión del 11-S, es que la seguridad no puede construirse a costa de las libertades básicas; las políticas que no respetan el Estado de derecho generan inseguridad nueva.

Las heridas siguen abiertas, pero también hay muestras de resiliencia: comunidades que reconstruyeron barrios, organizaciones que impulsan políticas de justicia y memoria, y ciudadanos que exigen transparencia y rendición de cuentas. Si el 11 de septiembre fue un huracán que reordenó el mapa, la tarea ahora es decidir qué mapa queremos mantener, y qué partes hay que reparar para que el país avance sin sacrificar derechos.

Fuentes consultadas: Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas (9/11 Commission Report), The New York Times, The Washington Post, The Guardian, Proyecto Costos de Guerra de la Universidad de Brown, American Civil Liberties Union (ACLU) y estadísticas del FBI.

Con información e imágenes de: France 24