Las redes de la ultraderecha en América Latina: periódicos digitales, ‘bots’ y noticias falsas para propagar la “guerra cultural”
Brasil fue el primer laboratorio de las nuevas armas digitales de la extrema derecha latinoamericana. El éxito fue tan rotundo que un diputado provocador y casi desconocido llamado Jair Messias Bolsonaro llegó en enero de 2019 a la presidencia. Cuatro años después, fue el turno de Javier Milei, un vociferante economista argentino de pelo ensortijado. El fenómeno de la ultraderecha crece ahora en Chile, de la mano del candidato presidencial Axel Kaiser, e intenta hacer pie en México, donde busca aún al personaje que lo represente. La estrategia es siempre la misma: ejércitos de mercenarios digitales propagan la hiel por fuera de los medios tradicionales. En X, TikTok, Instagram, Facebook, programas por streaming y periódicos en la web llaman a la revuelta y la desobediencia civil —cuando no a un golpe de Estado— y organizan manifestaciones “espontáneas” para derribar lo establecido. Como la que se celebrará este sábado en Ciudad de México contra el Gobierno de Claudia Sheinbaum.
Esta no es una moda pasajera. Es una táctica organizada, aceitada y financiada que se ha convertido en una piedra angular para la expansión de la ultraderecha en la región. Los medios tradicionales, a menudo percibidos como distantes o sesgados, son dejados de lado para crear ecosistemas de información paralelos donde las narrativas del miedo, la nostalgia y la polarización encuentran terreno fértil. Analicemos cómo funcionan estas redes y qué impacto tienen en nuestra vida.
El laboratorio brasileño y el efecto dominó
La elección de Jair Bolsonaro en 2018 marcó un antes y un después. Utilizando masivamente las redes sociales, se logró movilizar a una base electoral que se sentía ignorada por la política convencional. La estrategia se basaba en la creación de contenido viral, a menudo con información distorsionada o directamente falsa, que apelaba a emociones fuertes como el patriotismo exacerbado, el resentimiento contra élites políticas y mediáticas, y el miedo a supuestas amenazas a los valores tradicionales.
Esta fórmula probada no tardó en ser replicada. Javier Milei en Argentina es el ejemplo más reciente. Su discurso disruptivo, amplificado a través de videos cortos y directos en plataformas como TikTok e Instagram, conectó con un electorado desencantado y ávido de cambios radicales. Detrás de estos discursos, como señalan diversos análisis, se encuentran equipos de comunicación que dominan las herramientas digitales, capaces de generar tendencias, movilizar seguidores y deslegitimar a oponentes con una agilidad sorprendente.
Las herramientas de la «guerra cultural» digital
La «guerra cultural» a la que se refieren los estrategas de la ultraderecha no es un concepto abstracto. Se trata de una batalla por las ideas, por la percepción de la realidad. Y en la era digital, las armas principales son:
- Periódicos digitales y portales de noticias afines: No son medios de comunicación tradicionales en el sentido de contar con redacciones extensas, procesos de verificación rigurosos y responsabilidades editoriales claras. Son más bien plataformas diseñadas para difundir narrativas específicas, a menudo con titulares sensacionalistas y contenido que favorece una visión ideológica particular. A veces, el contenido se comparte sin atribución, diluyendo la fuente original y dificultando la verificación.
- ‘Bots’ y cuentas automatizadas: Estos programas informáticos simulan ser usuarios reales. Su función es amplificar mensajes, generar tendencias artificialmente, inundar conversaciones con opiniones predeterminadas y crear la ilusión de un apoyo popular masivo para ciertas ideas o candidatos. Son invisibles para el ojo no entrenado, pero su impacto en la agenda pública es considerable.
- Noticias falsas (fake news): La desinformación es una herramienta poderosa. Se crean historias inventadas o se tergiversan hechos reales para generar indignación, miedo o desconfianza hacia adversarios políticos, instituciones o grupos sociales. Estas noticias falsas se propagan rápidamente, especialmente en plataformas donde el contenido se comparte sin filtros ni verificación.
- Programas de streaming y contenido viral: Los youtubers, influencers y conductores de programas online con audiencias significativas se han convertido en figuras clave. A menudo, sin ser periodistas profesionales, difunden opiniones cargadas ideológicamente, que se presentan como verdades irrefutables, llegando a millones de personas, especialmente jóvenes, que consumen información de manera más pasiva y emocional.
La estrategia busca erosionar la confianza en las instituciones democráticas, en la ciencia, en la educación y en los medios tradicionales. El objetivo es crear una realidad paralela donde las soluciones simplistas y autoritarias parezcan las únicas opciones viables.
El impacto en la vida cotidiana y el llamado a la acción
Esta guerra por la información no es un tema lejano. Tiene consecuencias directas en cómo vivimos, cómo nos relacionamos y cómo tomamos decisiones. La polarización que alimentan estas redes puede fracturar familias y comunidades, generar un clima de hostilidad constante y dificultar el diálogo constructivo para resolver los problemas reales que enfrentamos, como la desigualdad, el acceso a la salud o la educación de calidad.
Ante este panorama, la reflexión y la participación ciudadana son esenciales. No se trata de silenciar voces, sino de fortalecer el pensamiento crítico. Como ciudadanos, es nuestra responsabilidad:
- Verificar la información: Antes de compartir, preguntémonos de dónde viene la noticia, quién la difunde y con qué propósito.
- Diversificar nuestras fuentes: No nos quedemos solo con la información que confirma nuestras ideas. Busquemos perspectivas diferentes y contrastemos opiniones.
- Participar en el debate público: Expresemos nuestras ideas de manera respetuosa y constructiva, tanto en redes sociales como en nuestra vida comunitaria.
- Apoyar el periodismo independiente y de calidad: Los medios que se dedican a investigar, verificar y contextualizar la información son un pilar fundamental de una democracia sana.
La «guerra cultural» digital es un desafío, pero también una oportunidad para fortalecer nuestra resiliencia como sociedad. Estar informados, ser críticos y participar activamente son nuestras mejores herramientas para construir un futuro más justo y equitativo para todos.
