Alerta: trabajadores humanitarios viven bajo ataque y desprecio, advierte vanessa may

En el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria 2026, la jefa de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios en Venezuela, Vanessa May, lanzó una advertencia que suena a llamada de socorro: quienes llevan ayuda a zonas de conflicto y desastre lo hacen ahora «bajo ataque y desprecio», según declaró en France 24. La fotografía no es solo simbólica; es una realidad que pone en peligro vidas y deshilacha la red de protección social en países ya golpeados por la crisis.

May señala dos factores que actúan como una tormenta perfecta. El primero son los recortes históricos en la financiación humanitaria, que reducen la capacidad de responder con rapidez y mantenibilidad. El segundo es el aumento de agresiones, robos y hostigamientos contra personal y convoys humanitarios. Según informes de la ONU y organizaciones de ayuda, estos ataques han crecido en los últimos años, obligando a ONG y agencias a suspender operaciones y a incrementar protocolos de seguridad que encarecen y retrasan la asistencia.

El impacto es tangible: menos alimentos en comedores, menos vacunas en rutas rurales, menos educadores en campamentos. En Venezuela, donde la infraestructura social ha sido erosionada por años de crisis, la combinación de fondos escasos y riesgos para el personal se traduce en hospitales con turnos incompletos y poblaciones aisladas sin acceso a agua segura. Es la diferencia entre supervivencia y desesperanza para miles de familias.

La crítica de May, y de la propia OCHA, no se queda en la denuncia. Exige medidas concretas: financiamiento sostenible y predecible, respeto y protección para trabajadores humanitarios, y mecanismos de rendición de cuentas que sancionen ataques y permitan la continuidad del trabajo esencial. Es, en sus palabras, recuperar la dignidad del acto de ayudar.

Hay responsabilidades claras. Los Estados deben garantizar seguridad y acceso humanitario; los donantes deben reorientar compromisos para evitar que programas vitales queden a medias; las organizaciones deben mejorar protocolos sin transformar a sus equipos en objetivos inaccesibles. Y la sociedad civil tiene un papel: denunciar, visibilizar y presionar para que la ayuda no sea un bien dispensable sino un derecho protegido.

Como metáfora, Vanessa May comparó a los trabajadores humanitarios con bomberos a los que les cortan la manguera justo cuando las llamas avanzan. Si la comunidad internacional no restituye recursos y protección, las llamas —las crisis humanitarias— seguirán consumiendo lo poco que queda de resiliencia comunitaria.

France 24 y la ONU han puesto el foco; ahora toca a gobiernos y ciudadanos traducir esa alarma en políticas y acciones que permitan que la ayuda vuelva a llegar con seguridad y dignidad a quienes más la necesitan.

Con información e imágenes de: France 24